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viernes, 28 de febrero de 2014

Apocalipsis y renacimiento de un mundo, Proclama del planeta Ira-01

Un pensamiento unánime, un cielo estrellado, un dedo que se levanta para señalar el siguiente reto: “ese planeta, el que nuestros ancestro llamaron ira-01, un planeta que nunca vimos, un planeta que no mencionamos en casi 1500 años, ese será el que proclamaremos”. Fueron las palabras que pronunció Charnatar.

Un pensamiento en una memoria que no era propia de hace 1500 años, seguramente estaba repleto de vacíos, lleno de entusiasmo y saturado de aventura. Los proclamadores que dedicaron toda su vida a la sanación de su planeta, nunca alzaron su vista sino para mirar su obra gestarse, bajo el cielo iluminado por Helios y Drógenes, los dos soles que calentaban su planeta, sus trajes y sus corazones.

Como siempre iniciaron todas sus labores repartiéndose los trabajos de acuerdo a sus dones. Lo que tenían que hacer no era sencillo. Según sus recuerdos ajenos, Ira-01 era un horno de 400 ºC, saturado de dióxido de carbono que se movía a 450Km/h. Los exploradores que sus ancestros enviaron no soportaron la ira del planeta, los telescopios, abandonados desde hace 1500 años, imponentes a la vista, sólo eran vestigios de una civilización tan ajena en tiempo y pensamiento, a pesar que esos recuerdos estaban en sus mentes. Era el planeta más cercano a ellos, pero aun así estaba lejos. Les costó gran trabajo salvar su planeta, y no lo arriesgarán por el capricho de conquistar otro. La conquista esperaría, primero hay que preparar las herramientas.

Construyeron en su luna una base espacial. De Perla-00, su planeta natal, sólo se llevaron lo necesario. No querían contaminar su planeta, no querían que sus experimentos radicales produjera un cataclismo. Desde su luna que bautizaron Puerto Esperanza, los proclamadores desarrollaron una infinita tecnología robótica, de propulsión, química y exploratoria. Charnatar se encargó de llevar todos los inventos, a veces de uno en uno, otras en grande grupos, hasta Brújula de Perla, la luna de Ira-01. La luna inhóspita, llena de metal, fue fragmentada y convertida en un anillo, recrearon en ella una atmósfera respirable, una gravedad idéntica a la de Ira-01, telescopios gigantescos, laboratorios, torres de control, y para no perder la costumbre e ir ensayando para la próxima colonización: un ecosistema lleno de vida; plantas, animales, océanos, praderas, desiertos, e incluso montañas cubiertas de nieve, todo dentro del anillo.

“Furiozer, es hora de hacer lo que más te gusta, te deberían llamar destructor, explotador, no proclamador” -  dice Charnatar con un tono alegre. Furiozer, quien desde su infancia le encantó explotar cosas, se encargó de fragmentar la luna para su posterior transformación. Ahora sería el encargado de lanzar desde Brújula de Perla los miles de contenedores de Isótopos de Hidrógeno modificado que estallarían al entrar en la atmósfera hostil. “Es sólo un botón, ni que por presionarlo el planeta se volviera habitable” – exclama Furiozer – “Menos mal que los diseñadores se decidieron por un botón y no por telequinesis, porque si no la Brújula de Perla sería la Brújula averiada” – dice Charnatar en medio de una carcajada. – “tienes Razón, menos mal.” Asintió Furiozer.

Los contenedores explotaron con una fuerza indescriptible, la distribución estuvo calculada para crear ondas expansivas que se apoyarían una a la otra creando una resonancia que paralizaría los vientos del planeta. El Isótopo de hidrógeno, junto con el gran calor producto de las explosiones, recombinarían el dióxido de carbono, volviéndolo agua y moléculas orgánicas, los cuales sacudieron la superficie del planeta, erosionando su superficie, creando polvo, que se volvería barro, inundando valles, formando ríos, y luego océanos, nutriendo la tierra árida y estéril.

El proceso era visible, pero tomaba su tiempo. Cuando al fin los vientos, cesaron, y la temperatura disminuyó, había un planeta rejuvenecido, lleno de moléculas orgánicas pero aún estéril ante la vista. Las moléculas orgánicas estaban regadas por doquier, pero no eran más que vulgares cadenas primitivas. Lo que una vez fue un horno, ahora era mucho más agradable, pero se volvió estático. Lo suficiente para que los demás proclamadores iniciaran su tarea.

Con sus gigantescos robots, construyeron edificios climatizadores a lo largo y ancho del planeta, frío en los polos, calor en el fondo de los océanos. Poblaron a Ira-01 de vida vegetal. Crearon a las “protoformas”, seres vivos que absorbían el dióxido de carbono remanente y calor, para luego expulsar oxígeno, y que al morir, se desintegraban convirtiéndose en nutrientes para las plantas. Millones de protoformas poblaron el planeta, llenándolo de oxígeno, y permitiendo a los proclamadores por primera vez, quitarse sus cascos y respirar el fruto de su logro. Charnatar, agradecía por cada respiro que daba, a sus hermanos, creadores de esas formas tan simples, pero tan dadores de vida. Furiozer veía el paisaje con sus propios ojos, sin las luces, flechas, signos, símbolos y letras de sus cascos. Un instante en que sus pensamientos eran tan individuales, tan privadas, en ese instante en donde la soledad de sus pensamientos les invade, que eran tan suyos y de nadie más.


En un instante de quietud absoluta, donde el placer de respirar aire puro era como cumplir el sueño más anhelado, donde parecía que el alma abandonaba el cuerpo, un estruendo, con la fuerza de mil truenos, despiertan a Charnatar y a Furiozer de su trance, sus almas regresan a sus cuerpos, sus ojos se abren para contemplar lo que su misma vista no daba crédito: una enorme masa de metal surca el horizonte, arrogante, despiadado, dispuesto a destruir todo lo que tocase. Un sentimiento de desesperación inunda los pensamientos de Charnatar, mientras los de Furiozer se llenan de curiosidad. Con una sonrisa casi rayando en lo sádico en los labios de Furiozer, mientras se pone su casco. – “Charnatar, eso que va allí, será nuestra próxima brújula, no importa lo que sea”. Juntos, partieron a toda velocidad a la causa de sus pensamientos.

lunes, 17 de febrero de 2014

El apocalipsis y renacimiento de un mundo. Capítulo III

1500 años. Tres generaciones de nuevos proclamadores fueron necesarias para reestablecer el orden natural del planeta. Aún con su inteligencia y tecnología que aumentaba exponencialmente gracias a sus implantes neurales, la primera generación no pudo siquiera ver la esperanza de un planeta restaurado, la segunda generación, que heredó toda el conocimiento, toda la tecnología e inteligencia de la primera no pudo completar la tarea; fue necesaria una tercera generación de proclamadores para finalmente dejar al planeta completamente “sano”.

Al acercarse el fin de una generación, dos proclamadores con designios distintos regresaban al santuario para su sacrificio.  A partir de sus genes, se creaban dos nuevos proclamadores, en base a la combinación aleatoria de los mismos. Sus implantes neurales se extraían, se combinaban su información y se fusionan en los cerebros de los nuevos proclamadores. Las armaduras, como ellos los llamaban se les otorgaba cuando adquirían su tamaño adulto, en 12 años terrícolas, sustituyendo su núcleo de energía, manteniendo así siempre la cantidad de 1024 proclamadores.

Los nuevos proclamadores dividieron sabiamente sus tareas: un grupo se dedicó  a la recolección de especímenes animales y vegetales para su estudio, clonación y reinserción; otro grupo se encargó de desmantelar todas las edificaciones que para ese entonces eran innecesarios; otro grupo se encargó de la descontaminación marina y atmosférica; y un pequeño grupo se encargó de seguir adelante en las investigaciones a nivel de inteligencia artificial, robótica y energética.

Gracias al aporte de este último grupo, la tercera generación contó con herramientas tan sofisticadas, que los antiguos proclamadores siquiera imaginaron: drones controlados mentalmente capaces de generar un mapa detallado de todo lo que les rodea; sus armaduras, mejoradas, permitían a su poseedor trabajar durante meses sin necesidad de comer ni dormir; transportes antigravitatorios con los que movilizaban sus complejos de laboratorios; y la obra maestra, fruto de tres generaciones: todo un planeta codificado y digitalizado. Lo que tomó 1500 años en hacerse, ahora sólo tomaría 200 años en completarse.


“Hemos completado la tarea que se nos encomendó. Nuestro planeta ya ha sido restaurado. Ahora, cuál será la misión de nuestros descendientes?” fue el pensamiento de uno de los proclamadores, pensamiento que llegó de inmediato a la mente del resto de su especie gracias a sus intercomunicadores neuronales. Al unísono, con una sincronía más allá de sus implantes, como si de una respuesta instintiva se tratase: “Es hora de hacer honor a nuestro nombre. Nuestros ancestros proclamaron este planeta una vez, nosotros lo hemos vuelto a hacer, y es hora de proclamar un nuevo planeta, el más inhóspito, el más inclemente, el más inconquistable, ese planeta proclamaremos”.

viernes, 14 de febrero de 2014

El apocalipsis y renacimiento de un mundo. Capítulo 2: Los 1024

En un intento desesperado por salvar al planeta de la su extinción, en un intento por preservar su propia especie, crearon en un laboratorio 1024 individuos. 1024 seres cuya misión será curar al planeta del cáncer que ellos mismos representaban. Para esta ardua labor, sus creadores los dotaron con todo lo que estaba al alcance de su tecnología.

 A nivel biológico fueron dotados de: longevidad: capaces de vivir hasta 500 años; fuerza: capaces de levantar cinco veces su propio peso; inmunidad: capaces de sanar sus heridas casi inmediatamente y poco susceptibles a enfermedades; estériles: para evitar que ocurra nuevamente la superpoblación.

En un plano cibernético se crearon matrices biocirbéneticos que fusionaron con sus cerebros. Estas matrices contenían todo el saber y conocimientos de los proclamadores, por lo cual sus poseedores tenían un acceso inmediato e instintivo a información que ellos jamás vieron ni escucharon. Además era capaz de archivar todo lo visto, escuchado y pensado por su proclamador. Como unidad cibernética, le confería a su portador la habilidad de contactar “mentalmente” con cualquier dispositivo compatible, y por lo tanto la habilidad de comunicarse “telepáticamente” con otro portador, siempre y cuando tuviesen los dispositivos adecuados.

Pero aún así eran vulnerables. Se crearon para ellos trajes espaciales. Sí, trajes espaciales. Trajes herméticos que los ayudaría a tolerar cualquier tipo ambiente, que los protegería incluso de impactos considerables. Trajes capaces de evaluar todos sus signos vitales y proporcionar los remedios necesarios en caso de cualquier contingencia: filtros de aire, contenedores de oxígeno auto-recargables, soporte para comunicaciones, integración con su núcleo matricial, y lo más importante: un núcleo de energía capaz de mantener el traje en consumo máximo por el tiempo que viva su portador.

Los nuevos proclamadores, como fueron bautizados, entendían el gran privilegio y la gran responsabilidad que les fueron otorgados. Conocían completamente el plan al cual estaban destinados. Observaron el santuario, lugar de su creación, y la de su futura prole, y finalmente dieron inicio a su tarea: liberaron el virus que iniciaría la tarea a la cual fueron encomendados; salvar al planeta iniciando por erradicar a su peor enemigo: ellos mismos.


Los antiguos proclamadores, conscientes de su responsabilidad, aceptaron su final. Se arrodillaron y cerraron sus ojos esperando que el virus tocara su ser. Un virus que los dormiría y luego los desintegraría en moléculas que el viento dispersaría, regresándolos a su origen y cubriendo al planeta de sus almas y de sus espíritus. 

jueves, 13 de febrero de 2014

El apocalipsis y renacimiento de un mundo. Capítulo 1

En un planeta lejano, del cual desconocemos, existió vida similar a la nuestra: océanos azules llenos de misteriosos seres y abundante alimento, llanuras extensas cubiertas con un verde pasto similar a una alfombra persa, desiertos áridos en donde sólo los seres vivos adaptados sobreviven. Montañas cubiertas de nieves y de grandes relatos sobre seres protectores, guardianes de las llaves del mundo. El ecosistema poseía un perfecto equilibrio entre flora y fauna, herbívoros y depredadores.

Hasta el día que surgió una especie: bípeda, intelectual, curiosa capaz de crear herramientas para su diario vivir, medicinas para sus enfermedades y libros para conservar su historia; pero a su vez violenta, destructora, ambiciosa y egoísta. Me permito concluir que son muy similares a nosotros, a los seres humanos.

Cuando aún eran pocos, y su tecnología aún muy primitiva, la naturaleza misma tenía la capacidad para mantenerlos a raya, para mantenerlos dentro del equilibrio del ecosistema: depredadores, enfermedades, inclemencias naturales. Pero la naturaleza estaba en desventaja: tenía reglas, reglas que no podía violar. En cambio, esta raza inteligente que se autodenominaban proclamadores, tenían a su favor dos cosas: reproducción y tiempo.

A diferencia de nosotros, ellos nunca lucharon entre sí, siempre lucharon contra la naturaleza en pos de una vida mejor; y miles de años, sirvieron para que su tecnología evolucionara y la naturaleza perdiera la batalla: el frágil equilibrio fue destruido, razas enteras de animales se extinguieron, extensas selvas y bosques fueron convertidos en inmensas megalópolis, los desiertos se llenaron de fabricas, y los océanos se convirtieron en estériles charcos de contaminación, producto de la evolución de los proclamadores.

Pronto se dieron cuenta que su propia existencia estaba amenazada, pero ya era demasiado tarde. Tardaron demasiado en darse cuenta que la naturaleza sólo quería la perpetuidad de todas las especies, tardaron demasiado en darse cuenta que su afán por vivir fue quien lentamente los condenó. Su extinción era inminente: dentro de pronto, los recursos se agotarían; comer y respirar serán privilegios que pronto perderán. Atrapados en su mundo, sin tecnología para colonizar planetas exteriores, sólo quedaba una alternativa: ayudar a la naturaleza a hacer lo que no pudo: la exterminación de la raza de los proclamadores.

Un plan brillante, pero siniestro; deshumano, en nuestro lenguaje, pero esperanzador; un plan posible, pero lleno de variables incontrolables. La resolución final: Crear un virus capaz de destruir a todo proclamador existente en cuestión de días pero inerte ante plantas y animales que aún existían. Pero su instinto de conservación como raza no permitiría su aniquilación absoluta: permitieron que 1024 proclamadores con cambios genéticos sobrevivieran. 1024 vidas encargadas a la restauración de la naturaleza tal y como era hace miles de años atrás; encargados de que no ocurriera jamás otro genocidio, encargados de que los proclamadores, junto con su historia, tecnología, y hegemonía, prevalezcan.