Cuanto se puede aguantar hasta que uno finalmente se rinde? Es una pregunta que se hizo cuando cayó a la lona. No era su día. Si algo lo caracterizaba, era que la lona era su fiel amiga. Siempre caía porque nunca aprendió a defenderse, a mantener la guardia alta. Pero no le importaba. Siempre se levantaba y decía "la lona es incómoda, prefiero seguir de pie".
Pero algo pasó ese día. Ni siquiera era que tenía los puños abajo. Un derechazo, totalmente predecible. No lo esquivó. Pareciera que lo quería recibir. Apenas era el segundo round. Ya en el primero lo habían molido a golpes, pero resistía. Estaba consciente, pero todo iba a cámara lenta. No quería levantarse.
Ese día, se preguntaba si quería seguir con esto: recibir golpes, una y otra y otra vez. El sólo sabía levantarse, sacudirse e ir de nuevo contra su oponente como si fuera un tanque. Esa estrategia le servía, pero hoy, ya no quiere levantarse. Miró y no encontró la mirada, esa que siempre estaba allí, que se llenaba de miedo al verle caer pero que, con una sonrisa y tras levantarse, cambiaba a una mirada de alivio y de apoyo. Hoy, esa mirada no está. Hoy, no hay por quién levantarse. Cierra los ojos y respira. Se levanta de nuevo. Le hace un gesto a su contrincante, que, como cortesía profesional, le conceda un pequeño tiempo para recuperar el aliento. "Dios bendiga esos puños, que le vi las entrañas a Júpiter. Vamos, terminemos con esto, hoy no estoy de humor para aguantar un round más. O caes tú, o me desmayo yo".
De nuevo toca la lona. Esta vez no escucha el conteo. sólo ve oscuridad. Levantó los puños, o al menos quiso hacerlo, pero ya era demasiado tarde.
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